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En cuanto descubrió la ubicación de sus extremidades, se apresuró en arrastrar su blanda y amorfa masa de carne por la tierra baldía sobre la que reposaban sus huesos, sin saber realmente hacia dónde se dirigía.

Pronto, adquirió el caminar errático que caracteriza a toda vida incipiente, tornándose ágil con el paso del tiempo. Del andar sosegado pasó a la carrera, pero un día se detuvo y miró hacia atrás con curiosidad, como si al encontrar el oscuro charco de vísceras del que provenía, pudiera completar el eterno puzzle del sentido de la existencia.

Por desgracia, en el horizonte que había dejado atrás solo había polvo. Incluso sus más recientes pasos habían sido borrados por aquellas partículas grisáceas, haciéndose tan invisibles como los que aún no había dado.

Cuando volvió a mirar hacia adelante, encontró la respuesta a una pregunta que nunca había formulado. Una que curiosamente se leía con un profundo silencio. Nada, absolutamente nada. Nada detrás y nada delante. Ni siquiera había ya delante y detrás.

Recordó sus carreras, sus cambios de dirección, sus saltos y descansos. Todo parecía insignificante. Era tanto el polvo, que no importaba dónde se hubiese parado, pues fuera donde fuese se habría encontrado exactamente en el mismo lugar. En ninguno.

“¿Qué sentido tiene andar?” se preguntó el caminante por primera vez, aunque el paisaje no había cambiado desde el momento en el que apareció tembloroso sobre el suelo. Paró durante tanto tiempo, que perdió el adjetivo y olvidó el sustantivo.

Quedó petrificado por el vacío. El viento se llevó las perlas de sus ojos y la carne se secó, palideció y quebró. Cuando sus piernas se rompieron cual endebles montañas de arena, el resto de su cuerpo se precipitó contra el suelo, rompiéndose como si fuera un saco gris relleno de una gelatina roja y viscosa.

Dentro de aquella masa se movió un pequeño cuerpo ansioso por disfrutar de su libertad. Parecía nervioso. Era como si estuviera buscando algo, pero no hubiese podido encontrarlo por estar encerrado en una crisálida maloliente.

En cuanto descubrió la ubicación de sus extremidades, se apresuró en arrastrar su blanda y amorfa masa de carne por la tierra baldía sobre la que reposaban sus huesos, sin saber realmente hacia dónde se dirigía.

Texto: Germán Udiz
Imagen : Guilherme Jofili http://bit.ly/1SVAp9m

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