La correcta gestión de los equipos de trabajo es fundamental para potenciar el rendimiento y la productividad individual de sus integrantes. Para lograrlo debemos evitar algunas prácticas comunes en las empresas españolas, que tienden a desmotivar y a crear un ambiente poco favorable.

Vamos a verlo con un ejemplo. Hace poco, un empleado del sector de la hostelería me comentaba que la empresa había contratado a un nuevo chico para limpiar las ventanas del complejo. Se estimaba que debía hacer un número determinado de ventanas en una jornada y el chico lo hizo en la mitad de tiempo, demostrando un ritmo envidiable. La reacción de los demás fue tajante: “No hagas eso o malacostumbrarás al jefe”, “Te van a explotar”, “Baja el ritmo”, etc…

El hecho fue que una vez terminado con el número de ventanas que debía hacer en todo el día, le hicieron limpiar el doble, mientras que el resto continuaba con el número inicialmente establecido. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha aprendido el trabajador? La empresa está premiando una productividad determinada y castigando a los que quedan por debajo y por encima de ella.

Muchos empresarios consideran que están pagando horas de trabajo y no resultados, lo cual crea un mensaje confuso. Si queremos acabar con la alta productividad podemos premiar al que cumple con los mínimos y castigar al trabajador que destaca, sin premiar su comportamiento. Lo más sencillo es fomentar el “presentismo”.

Evidentemente lo que nos interesa es crear una corriente de trabajo, que los empleados sientan interés por aumentar su rendimiento. Se puede realizar estableciendo variables por objetivos o dando otro tipo de beneficios, como dar días libres al cumplir ciertas metas, salir antes los viernes, etc…

Para ello es imprescindible que el empresario comprenda que los mínimos se establecen en base a la rentabilidad y que aumentarla puede ser beneficioso para la organización y para el empleado. Si no lo entendemos como un beneficio común, es poco probable que suceda.

La productividad también se ve afectada por la mala comunicación con los responsables, ya que comunicar las expectativas y controlar los avances actúa como motivador e impulsa el rendimiento no hacia los mínimos, sino más allá. Para ello, los trabajadores deben sentirse valorados y sus esfuerzos deben ser recompensados.

Hace tiempo pude comprobar cómo en un taller mecánico se aumentó de forma evidente la productividad de los trabajadores al comunicar los objetivos, estableciendo objetivos y premiando los avances mediante retribución variable. Ganar más dinero o tener más ventajas estaba al alcance de todos, solo había que aumentar el rendimiento. Eso sí, a efectos generales, cumplir con los mínimos solo garantiza los “mínimos”.

Como hemos visto, la productividad es impulsada por la gestión empresarial, dirigida por los objetivos y premiada mediante incentivos, de modo que los problemas en la cúpula directiva, la ausencia de liderazgo, una mala distribución de tareas, la falta de motivación e interés, cargas de trabajo mal distribuidas o la falta de incentivos, pueden acabar con el rendimiento de cualquier empleado.

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Germán Udiz

Grudiz (Germán Udiz) es divulgador, analista y máster en gestión de RRHH, ADE, Bachelor in Business Administration. Actualmente Administrador de Visión Veterinaria. Autor de "La historia de nuestra EGOnomía", "Manual de Dirección Comercial y Marketing" y "Aprendiendo bolsa desde cero"

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