Se suele hablar de la gestión empresarial desde un punto de vista técnico, donde las competencias individuales y el conocimiento toma el control de nuestras acciones, pero en realidad es nuestra humanidad la que pesa más a la hora de determinar nuestro estilo de liderazgo y la orientación de nuestras decisiones.

El comportamiento humano se puede definir por algunos factores esenciales, como la percepción, el sentimiento, la creencia, el deseo, la intención, la voluntad y la acción.

La imagen que tenemos de nuestro mundo, y por tanto de nuestra empresa, se construye en base en función de las percepciones que recibimos del entorno. Es decir, de lo que vemos, oímos, olemos y sentimos. Ahora bien, todo ello está sujeto a nuestra interpretación, por lo que los estímulos pasan a ser razonados y convertidos en una información concreta.

En otras palabras, un mismo hecho puede ser interpretado de diferentes maneras por personas diferentes y dar lugar a conclusiones y decisiones radicalmente distintas.

Nuestros sentimientos juegan un papel importante en esta interpretación, ya que modulan este pensamiento en base a prejuicios rodeados de emociones tales como el odio, el amor, la compasión, el miedo, la confianza, etc…

Si escuchamos una conversación entre dos personas y tenemos sentimientos divergentes sobre ellos, es probable que tendamos a posicionarnos a favor de la persona por la que tenemos sentimientos más positivos. Debemos aprender a razonar por encima de los sentimiento para evitar que estos nos hagan cometer errores de juicio.

Si seguimos estudiándonos nos daremos cuenta de que las creencias pueden incluso conducir a estos sentimientos, debido a la probable existencia de creencias preconcebidas en lo relativo a la gestión de empresas o a la relación y la comunicación entre empleados. Incluso nos pueden afectar otras creencias que pertenecen a nuestro ámbito privado.

En este punto nos podemos dar cuenta de que hay unos factores más rígidos que otros. Las creencias son una base aparentemente estable para nuestro pensamiento, mientras que la percepción y los sentimientos son sucesos que están sujetos a una constante evolución e interpretación. Por eso necesitaremos mantener la cabeza fría.

Por otro lado, el deseo es una corriente que nos lleva hacia la consecución de nuestros objetivos, que se suma a la intención de hacerlos realidad. No obstante, las ganas de alcanzar de esta meta no son capacres por si misma de llevarnos hacia el éxito.

La voluntad es el detonante. Si tenemos el deseo y la intención (es decir, que el resto de factores también nos impulsan en esta dirección), pero no tenemos verdadera voluntad, no podremos llevar al último y más importante paso: la acción.

La acción es un proceso más complicado de lo que parece, ya que necesitaremos planificación y en muchos casos cambiar los objetivos y renunciar a parte de las cosas que deseamos, lo cual incluso puede hacernos replantear nuestra intención de seguir adelante.

En definitiva, el deseo y la intención puede cambiar, pero nuestra voluntad debe mantenerse fuerte, siendo posiblemente uno de los factores más importantes en nuestras decisiones empresariales. Sin ella los sueños se quedarán en la cama, pero con ella podremos superar cualquier reticencia que nos planteemos a nosotros mismos para rendirnos.

Una voluntad débil nos puede llevar a dar constantes bandazos y a confundir al personal a cargo. Así, nunca llegaremos a actuar de forma decidida y no alcanzaremos las metas que nos hemos planteado: tendremos conformarnos por las migajas que hemos podido rescatar del suelo.

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Imagen | Andrea Guerra

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